No confundas acoso con amabilidad.

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Y cuando pensaba que había pasado todo, fue cuando tuve que superar la prueba más grande de mi vida.

 Luego de la muerte de mi esposo, mi jefe, que era un gran amigo suyo, decidió que era su turno.

Empezó actuando de forma amable, me trataba con cariño, usaba una voz dulce y apaciguante conmigo.

Unas semanas después decidió que había ganado la suficiente confianza como para pedirme o más bien exigirme lo que en realidad quería, mi cuerpo.

Empezó a inventarse reuniones en las que solo estábamos nosotros, quiso que me quedara hasta tarde en la oficina, me ofrecía almorzar o cenar solos.

En realidad no me sentía con fuerzas para rechazarlo, para quitar su mano cuando subía por mi muslo o apartar mi cara cuando me acariciaba el mentón.

Hasta que desperté, me di cuenta que eso también era acoso, que era una violación a mi persona, no había violencia o forcejeo, pero yo en realidad no quería, no estaba lista, no sentía atracción física por él.

Hice un plan, empecé a excusarme cuando proponía reuniones o invitaba a algún compañero ‘‘para que nos diera su opinión’’. Ahorré todo el dinero que pude y le pedí ayuda a mi cuñada.

Dejé el trabajo un martes 13 de octubre. Pensé mucho tiempo si valía la pena demandarlo, grabarlo, vengarme. Pero perdí la guerra para ganar la paz.

Gracias a Dios no me faltaba el dinero y parecía que yo era la única a la que él acosaba por lo que no me paré a pensar en otras posibles víctimas.

Me mudé a otra ciudad y empecé de nuevo.